Numero Articulo:  1686

Titulo:  TRAS LA COCAÍNA
Fecha:  15-SEP-08
Hace 20 años nacieron en Colombia los Comando Jungla, un grupo especializado de la Policía Antinarcóticos. Cómo piensan y operan.

El capitán Rodríguez se detiene un momento en la puerta del helicóptero Black Hawk para calcular la distancia entre la aeronave y el suelo. Luego salta, esperando que no sea precisamente allí donde se encuentre una de las trampas de las que le hablaron la noche anterior en el briefing (instrucción preliminar) que dio inicio a la Operación Eclipse: huecos de dos metros de profundidad aproximadamente en donde los guerrilleros de las Farc colocan palos afilados untados en sus puntas con curare, el veneno mortal.

Los 51 policías Jungla que acompañan al capitán partieron esta mañana en dos Black Hawk desde su base en San José del Guaviare y ahora, tras 55 minutos de vuelo, se encuentran cerca de Puerto Alvira, a 53 millas al oriente de Mapiripán. Su misión es clara: levantar y destruir una chagra, un laboratorio de base de cocaína que pertenece a Jhon Edier, comandante del Frente 44 de las Farc y que está en condiciones de producir suficientemente clorhidrato de cocaína como para llevar a los mercados de drogas 4 toneladas mensualmente. La información que la Policía Antinarcóticos ha adquirido antes de la operación no es muy alentadora: "A pocas millas del laboratorio está ubicado un campamento de las Farc que incluye un centro de entrenamiento", les indicó el Coronel Chavarro la noche anterior. "Contamos con 300 guerrilleros en cercanía del objetivo y sabemos que además de los 30 trabajadores hay 15 francotiradores protegiendo directamente la chagra", añadió. Y aunque el capitán Rodríguez y sus compañeros cuentan con el apoyo aéreo de cuatro helicópteros (los dos Black Hawk en los que llegaron hasta el lugar y dos Huey) la parte difícil está sobre sus hombros. Los 26 integrantes de cada helicóptero Black Hawk necesitan apenas 15 segundos para desembarcarlos y de ahí en adelante funcionan como un reloj suizo. Se agachan y avanzan corriendo mientras buscan protección detrás de cualquier cosa que encuentren en su camino: un árbol, una roca o un tronco caído. Faltan unos cien metros para llegar al laboratorio pero cada paso puede ser el último. La rústica construcción de madera que alberga al laboratorio está sobre el borde de un bosque, lugar perfecto donde pueden esconderse francotiradores.

Cada uno de los Jungla sabe qué hacer. Han superado cuatro meses de entrenamiento y los que hoy participan en la operación representan apenas el diez por ciento de quienes en algún momento aspiran a integrar un Comando Jungla. Pero no basta superar la preparación física y sicológica que la Policía les exige en su centro de entrenamiento en Espinal, Tolima, sino que, además, deben especializarse. Están los francotiradores, que al llegar a un laboratorio instalan el anillo de seguridad; están los enfermeros, los especialistas en explosivos y los policías judiciales que toman pruebas y buscan evidencias que más adelante le permiten a la Fiscalía armar jurídicamente el caso. Pero en realidad el trabajo de los Comando Jungla no para con la toma de un laboratorio de cocaína, heroína o marihuana. Además de lo anterior, sus pilotos acompañan misiones de fumigación por vía aérea, brindan seguridad a los erradicadores manuales, incautan cargamentos de drogas y capturan a narcotraficantes. Y el brigadier general Álvaro Caro Meléndez, director de la Policía Antinarcóticos, se refiere a estas labores cuando precisa: "El año pasado y en lo que va de este, hemos tenido una incautación récord de 92 toneladas de cocaína y sus derivados".

La toma de la chagra Todavía no cayó un disparo. Rodríguez se comunica por radio con los helicópteros que están vigilando la misión desde el aire para preguntar si han ubicado algún sujeto. La respuesta es negativa. Levanta la mano y avisa a sus compañeros para que avancen. El laboratorio está a pocos metros y ya se percibe el olor a químicos. El Capitán, de 32 años de edad, deja transcurrir un par de minutos mientras analiza con sus ojos el bosque que rodea el objetivo. Sabe que cualquier equivocación que cometa le puede costar la vida a él o a uno de sus compañeros. Finalmente da la orden de ingresar a la chagra y lo primero que encuentra son varios cientos de kilogramos de hojas de coca regadas por el piso y listas para ser procesadas. Además, hallan un fogón encendido, lo cual indica que hasta hace poco había personas en el sitio. Mientras aseguran el lugar, Carlos Galindo, policía judicial, comienza su labor. Saca del morral los implementos para tomar pruebas de los insumos que encuentra, toma anotaciones acerca de la cantidad de coca que hay en la chagra, registra con una cámara fotográfica las instalaciones y busca evidencias. Guardados en una esquina descubre dos cuadernos escolares, los que a su vez hacen de libros de contabilidad. Escrito con letras irregulares y de poco contacto con la literatura se entera de que Pocolerrinde fue uno de los trabajadores menos eficientes del laboratorio y que la coca que procesaron corresponde a la 'boliviana negra', una de las variedades más apreciadas en el mundo de narcotráfico. Al estudiar las cifras se da cuenta de la dimensión del golpe que acaban de darle a la guerrilla: es una de las chagras más grandes tomadas durante los últimos seis meses en el país.

En pocos instantes llegan al sitio en donde los dos Black Hawk los recogen. Y aunque a Rodríguez, Galindo y sus compañeros se les ve la tensión impresa en sus caras, les sale una sonrisa. "Algún día nuestros hijos podrán vivir en un mejor país", grita Castro contra el ruido de los helicópteros. "Porque para acabar con el conflicto que vive Colombia hay que acabar con el narcotráfico que lo financia", proclama al subirse a la aeronave. El Black Hawk da una última vuelta sobre el bosque. Desde arriba se ve un tapete inmenso de puro verde interrumpido por una columna de humo negro que sube desde donde hace media hora estaba ubicada la enorme chagra. Los 52 integrantes del Comando Jungla tratan de reacomodarse en los Black Hawk que toman rumbo hacia Mapiripán para reabastecerse de combustible nuevamente. Desde ahí arrancan hoy mismo hacia La Macarena para 'levantar' otro laboratorio, en poder de otro comandante de esta misma guerrilla o de cualquier otro narcotraficante. Por Oliver Shmieg Revista Credencial

 


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